EL AGUA Y LAS PESADILLAS

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Dos chicas adolescentes, solas en casa, casi a oscuras, hablan de una cinta inquietante que una de ellas vio junto con otros amigos. Tras verla, recibió una llamada por teléfono donde una voz le decía que moriría en 7 días. Justamente se cumplen 7 días esa noche. La joven, bastante despreocupada, va a la cocina. En un momento voltea la mirada, y un horrible contraste de los colores nos da a entender que tuvo una muerte dolorosa pero fugaz.

Lo que pareciera ser una escena cliché de cualquier película norteamericana de terror, es en realidad la primera escena de Ringu, la obra maestra del japonés Hideo Nakata, bandera e ícono del renacimiento del cine japonés de terror de finales de los 90.

El Aro es la historia de una leyenda urbana que se vuelve realidad: un video supuestamente ocasiona la muerte de su espectador 7 días después de haberlo visto. Una pareja de reporteros comienza a seguir la pista tras esta “maldición”, hasta que cae en la cuenta de que esconde una historia de asesinatos tras de sí. Cuando la protagonista ve el video y recibe la llamada, la premura por conseguir el reportaje se convierte en una carrera contra el tiempo.

Hay un claro protagonista de El Aro: el video. Sus mensajes ocultos en la propia trama, y las escenas bizarras y extravagantes de moscas, espejos, un pozo de agua, unos caracteres japoneses, personas arrastrándose por el suelo y una chica peinándose el cabello. El video no es sólo un elemento de terror intrínseco, sino también un catalizador de algo peor: la muerte.

La magia rodea toda la película. El misterio del video, tanto en su origen, en el significado de sus imágenes, como en la relación que sostiene con la llamada telefónica -¿voz de quién, además?-, junto con el místico 7 que acompaña los días posteriores. La tecnología queda impregnada de un aire inexplicable, y por ello, peligroso: tal pareciera, o puede interpretarse así, que la cinta nos alerta de los peligros de la tecnología.

Pero además de alertarnos, hay un elemento más en la película, igual de importante, y que de algún modo pasa desapercibido: el agua. No por nada la película abre con tomas del mar durante una tormenta. Considerar al agua como otro elemento de interpretación de la cinta nos invita a ver un discurso incluso sobre la nación (Japón, como isla, ve un peligro su propia reja de aislamiento del resto del mundo), pero también da pie a entender el agua como una tumba.

El pozo, lugar donde sucede un momento sumamente importante de la trama, es agua estancada: ni la vida ni la muerte pueden continuar su camino allí. Es por ello que la protagonista remueve el cadáver del pozo, porque quiere ayudar a descansar el alma. Es en su segunda parte (Ringu 2), donde vemos con mayor claridad el papel el agua en la cinta: de nuevo abrimos con tomas del mar enardecido, y un experimento en una piscina hacia el final de la cinta nos aclara las preguntas que la primera parte no nos quiso contestar.

Infinitamente superior que el remake norteamericano, Ringu no sólo nos recuerda que le tenemos miedo a lo desconocido e incomprendido (como el video), sino que lo que nos da la vida (el agua), también es perfectamente capaz de albergar la peor de las muertes.

RINGU (El aro)

Japón, 1998

Director: Hideo Nakata

Productores: Taka Ichise

Guionistas: Hiroshi Takahashi, basado en la novela de Koji Suzuki

Fotografía: Junichiro Hayashi

Música: Kenji Kawai

Intérpretes: Nanako Matsushima, Hiroyuki Sanada, Rikiya Otaka, Yoichi Numata

sergio.aguilar@revistamiopia.mx

@sergio_jaa

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